En este tiempo de fake news y historificación de la realidad, el relato emocional puede causarnos cierto recelo. Pero para que ciertas historias sean genuinas, la carga de emoción es un ingrediente clave.

Cuando hablamos de persuasión, el storytelling tiene su mantra: las historias funcionan mejor que los datos porque con ellas conectamos con el corazón de la audiencia. Y esa parte emocional es la que, al final, decanta la balanza en nuestra toma de decisiones.

La conexión emocional también dota a las historias de otro súper-poder: cualquier relato que consiga tocarnos la fibra se convierte en una píldora de sentido muy difícil de olvidar.

Incluso nosotros, al rememorar nuestras propias historias personales, conectamos antes con la emoción que con los hechos.

Como si ésta hubiese quedado grabada a fuego en el archivo de nuestra memoria.

Provocando que, muchas veces, nuestros recuerdos tengan poco que ver con los hechos reales.

Y mucho con la manera en que la experiencia afectó a nuestra sensibilidad.

Verdad histórica y verdad narrativa

La construcción de la memoria es algo de lo que escribí en un artículo hace un tiempo.

En él hablaba también de un concepto que me gusta mucho: la idea de que existe una “verdad histórica” opuesta a una “verdad narrativa” (esta distinción fue formulada por el psicólogo norteamericano Donald Spence).

¿Que significa esto? Pues que una cosa son los hechos objetivos (la verdad histórica). Y otra, muy distinta, como la explicamos (verdad narrativa).

O lo que es lo mismo:

Que cuando expresamos la memoria usando el lenguaje tendemos a ligar los recuerdos – a veces inconexos o vagos – para tejer una historia que cobre sentido.

¿Lo más interesante?

Si ese relato nos parece 100% coherente a nivel narrativo, es fácil que lo demos por bueno y acabe substituyendo a la historia real.

Ese es uno de los factores que hace que nuestra memoria no sea muy de fiar si lo que buscamos es una suerte de objetividad periodística.

Pero la construcción de recuerdos no es solo un ejercicio de ingeniería narrativa.

A esa ecuación le falta un factor esencial: las emociones.

Verdad factual y verdad emocional

En una línea similar a la de Spence, otros autores que exploran el ámbito del relato autobiográfico distinguen entre dos tipos de verdad:

  • La verdad factual (los hechos).
  • La verdad emocional (los sentimientos y emociones que una determinada situación genera en nosotros).

Desde este punto de vista, si el relato de nuestras vivencias no es objetivo es porque solemos expresar por defecto nuestra verdad emocional, y no la verdad factual.

Cuando rememoramos, conectamos con la emoción. Y recreamos una versión de la realidad única, modelada por nuestra memoria sentimental.

La verdad factual es, por tanto, pura entelequia. Como dijo la escritora Anaïs Nin:

«No vemos las cosas como son, las vemos como nosotros somos.»

Por eso las personas tenemos perspectivas tan diferentes sobre las mismas experiencias.

Perspectivas que, al final, no son más que historias escritas al dictado del corazón.

Todos somos narradores

Así, entre ejercicios de conexión en busca del sentido y huellas emocionales, creamos muchas de nuestras memorias.

Si escarbamos en ellas en busca de los hechos reales, usando el testimonio de otras personas, probablemente descubramos que son falsas. O, por lo menos, que contienen muchos añadidos u omisiones.

Y, desde un punto de vista psicológico, quizás podamos ver ese hecho como un sesgo.

Pero desde un punto de vista creativo y terapéutico, expresar «nuestra versión de los hechos» puede aportarnos muchos beneficios.

La ecuanimidad es aburrida 

¿Qué grados de objetividad y subjetividad componen una buena obra autobiográfica? ¿Debemos hacer el esfuerzo de ser ecuánimes en el relato de nuestros recuerdos?

No hace mucho, me hacía estas preguntas mientras leía el primer tomo de «Mi lucha», la obra autobiográfica de Karl Ove Knausgård de la que medio mundo habla.

Y me las hacía por dos motivos: primero, porque siempre me ha resultado inconcebible que alguien pueda relatar episodios pasados de su vida de un modo tan detallado. Estoy convencido que hay ahí mucho de esa «verdad narrativa» de la que os hablaba antes.

Y segundo porque, en muchas entrevistas, el autor habla los problemas que le había ocasionado escribir sus vivencias:

«Los familiares de mi padre me acusaron de mentir. Dijeron a los medios de comunicación que no era cierto que él muriera a causa de la bebida, que había fallecido por un infarto. Me acusaron de inventarme la tremebunda descripción de esa casa para hacerme famoso a costa de las desgracias de mi familia. Fueron tantas las críticas que incluso yo empecé a dudar de mis propios recuerdos».

Independientemente de la verdad que haya tras los recuerdos del autor…¿Qué hubiera ocurrido si Knausgård hubiese decidido no herir a nadie con su relato?

¿Tendríamos entre manos una historia humana con la que identificarnos? ¿O un aburrido y exasperante ejercicio de sensatez?

Personalmente, yo creo que lo último.

Reivindicando la memoria emocional

La especialista en narrativa biográfica y escritura terapéutica Diana Raab nos dice que, a la hora de contar nuestras historias de vida, lejos de preocuparnos por la objetividad, debemos ser capaces de conectar con nuestra verdad emocional.

  • En un contexto creativo, escribir desde la emoción es abrir la puerta a una historia genuina, única y atractiva. Por contra, intentar plasmar una «verdad factual» que intente contentar a todo el mundo nos lleva a crear relatos fríos e insulsos.
  • En un contexto terapéutico, tampoco podemos cortarnos. La escritura como herramienta terapéutica solo nos sirve si somos capaces de expresar nuestras emociones, nos gusten o no, en su versión más auténtica. Tomar conciencia de nuestro «ir por el mundo» es, de algún modo, estar dispuestos a tomar conciencia de nuestra verdad emocional.

Narrar es tener coraje. Y entender que lo subjetivo es lo que aporta autenticidad a algunas historias.

Aunque nos haga sentir expuestos.

Aunque alguien pueda molestarse.

 

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