Nadie sabe si fue una historia del todo cierta. Pero el experimento marcó la historia de la teoría cinematográfica.

En los años 20 del siglo XX, el cineasta ruso Lev Kuleshov mostró a un grupo de personas una pequeña película en la que el actor Iván Mozzukhin miraba de forma consecutiva a un plato de sopa, a un bebé en un ataúd y a una mujer atractiva.

El público se quedó anodadado ante el gran talento de aquel intérprete. Casi sin modificar su gesto, era capaz de transmitir apetito frente a la sopa, tristeza frente al bebé fallecido y deseo frente a la mujer.

 

Pero aún hubo algo más sorprendente: el descubrimiento de que, en realidad, el plano del actor era siempre el mismo. Aquel tipo, ni estaba mirando nada, ni estaba actuando. Su imagen era solo un primer plano de gesto neutro que el director había ido contraponiendo a otras tres imágenes inconexas.

Literalmente, la película no tenía sentido. Pero las mentes de los espectadores habían conseguido completar la historia, dándole un significado.

Máquinas de dar sentido

El resultado del experimento ha pasado a la historia como «efecto Kuleshov». Demuestra que el público es un participante activo en el proceso de la creación de significados.

Por eso el cine tiene un arma maravillosa para contar historias «sin explicarlas», sino mostrándolas: el montaje. Somos nosotros los que acabamos de dar el sentido a las películas porque necesitamos conectar puntos, hacernos películas.

Como espectadores, nos gusta trabajar. Está en nuestra naturaleza. De hecho, es ese apasionante trabajo el que nos mantiene atados a la narrativa.

Seamos empresas o profesionales independientes, con nuestra presencia en Internet funciona de un modo similar: si nosotros no explicamos nuestra historia otros lo harán, conectando los puntos de nuestra narrativa, sean los que sean.

Dándole un significado que quizás esté muy alejado del verdadero guión de nuestra película.

¿Estás dispuesto a liderar tu narrativa en la red?

 

Foto: rawpixel en Unsplash.

 

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