Hace un par de años, una historia con mi hija Marina me enseñó hasta qué punto el storytelling corre por nuestras venas.

Ella tenía alrededor de 3 años. Una noche, durante la hora de la bañera, me pidió que inventara un cuento usando los personajes de uno de esos libros infantiles flotantes que teníamos por el baño (ya sabes, esos libros que a menudo solo sirven para aprender los números y que no tienen hilo argumental).

No recuerdo qué inventé, pero sé que los protagonistas eran los diversos animales que poblaban aquellas páginas de plástico.

Supongo que para comenzar, intenté montar alguna trama para relacionarlos. Algo al estilo«El elefante caminaba por la selva cuando se encontró con la jirafa».

Quizás después se me ocurriera que los dos personajes decidieran hacer algo juntos (emprender una misión o empezar algún juego).

Pero de lo que sí me acuerdo es de como, una vez planteado el inicio de la historia, Marina me interrumpió y pronunció las palabras mágicas:

«Pero entonces…».

Pilla y sonriente, se quedó esperando con su mirada clavada en la mía. Consciente de que me había puesto una prueba como narrador. Y también de que, si yo la superaba más o menos dignamente, la historia iba a ponerse interesante.

Vaya… – Pensé – Tiene razón. ¡El conflicto!

A partir de ese momento, se estableció el juego. Cada vez que yo inventaba una nueva peripecia para los animales, ella formulaba un nuevo «pero». Riéndose de mis dificultades para seguir con el cuento y disfrutando con el rumbo inesperado que tomaba la narración a cada momento.

Aquello me pareció alucinante.

Jugando, Marina introducía el conflicto constantemente, de manera natural, como una narradora experta.

Necesitaba ponerle trabas a los protagonistas, verlos superar obstáculos y crecer, para divertirse con aquella historia.

Y yo tenía que exprimir mi creatividad mientras ella ponía en cuestión mis ideas, como el más feroz editor de guiones.

¿Por qué esa naturalidad? ¿Como había aprendido Marina ese principio básico de la narrativa? ¿A base de escuchar cuentos? ¿O había algo innato en ello?

La respuesta la encontré poco después en el fantástico libro «Into the woods», del guionista británico John Yorke. No recuerdo muy bien como lo descubrí, pero te lo recomiendo encarecidamente. Si estás interesado en aprender como se explica una historia pero, sobre todo, si quieres profundizar en la pregunta del millón:

¿Por qué todas las historias funcionan de una manera similar y por qué todos tenemos tan interiorizado ese patrón?

ES INCONSCIENTE, ES COLECTIVO

Para explicar ese fenómeno, a menudo se habla de Carl Gustav Jung y de su idea del «inconsciente colectivo». Esa especie de sabiduría ancestral que todos compartimos y que nos ha servido históricamente para expresar aspectos que escapan al dominio de la razón.

La estructura dramática clásica, relacionada con el famoso «Viaje del héroe», forma parte de ese acerbo inconsciente. No es una construcción humana sino un arquetipo innato y compartido por la humanidad, que ha sobrevivido misteriosamente al paso de los siglos, indiferente a coordenadas geográficas y contextos históricos.

De acuerdo, pero…¿Por qué? ¿Qué tiene de especial ese arquetipo para haber conseguido su universalidad?

 1, 2, 3, EUREKA

¿Eres de los que tiendes a buscar ver signos o significados ocultos en todo lo que te rodea?

Felicidades, no eres más que un humano.

Una especie animal racional (tan racional) que no acepta el caos y el azar. Y que insiste en imponer un orden a todo lo que observa, tanto en el mundo exterior como dentro de su caótica mente.

Cada percepción desencadena en nosotros un deseo de dar sentido al universo. Y como siempre lo conseguimos, podemos decir que, con cada acto de percepción «el mundo cambia» y nosotros cambiamos con él.

 

 

Si a grosso modo el «mecanismo del sentido» tiene esa forma de tríada, el proceso concreto de aprendizaje y ordenación del mundo también lo tiene y se expresa a través de la clásica secuencia dialéctica:

 

 

Una estructura en tres actos.

 

 

Suena a patrón universal, ¿no?

Suena a…Narración.

LA NARRATIVA COMO PROCESO DE CRECIMIENTO

Según apunta John Yorke, si existe un arquetipo narrativo universal es porque éste está íntimamente relacionado con el modo en que aprendemos.

De hecho, el aprendizaje es un elemento central para cualquier historia tridimensional.

Solo a través de él los personajes cambian, aprenden a superar sus limitaciones e integran nuevas dimensiones de si mismos.

Si nos fijamos en el esquema narrativo clásico de Hollywood, la dialéctica está clara:

  • Primer acto (tesis): un héroe imperfecto ve como su mundo se desequilibra.
  • Segundo acto (antítesis): enfrentado a su sombra, el héroe lucha por restablecer el equilibrio.
  • Tercer acto (síntesis): el héroe logra alcanzar una nueva dimensión, aprendiendo a integrar y balancear las fuerzas opuestas, asimilando algo que le faltaba y convirtiéndose en un personaje «completo».

A través del conflicto, las historias retan a los personajes. Y los llevan a encontrar y asimilar aquello que faltaba en su interior. Los llevan a la compleción.

Marina, con solo 3 años, parecía tener eso ya muy claro.

¿CON QUÉ ME QUEDO DE TODO ESTO?

  • Como narrador, con el recordatorio de una norma básica: cualquier historia que no contenga un «pero», no tendrá interés ni audiencia. El conflicto es un ingrediente clave en las historias, tanto a nivel macro (estructural) como a nivel micro (secuencias, escenas, diálogos, etc.). Ojo, no estamos hablando solo de obras de ficción: en publicidad, o incluso en vídeos corporativos, el conflicto es esencial, aunque hay diversas maneras de presentarlo.
  • Pensando en mi propia vida, con una invitación a ver las cosas de otro modo: como en los relatos, el conflicto en la vida real suele ser una oportunidad de aprendizaje. Una vez superada la contrariedad del impacto inicial, puedo llegar a afrontar cada uno de los «pero» que encuentro por el camino como una nueva historia que se abre ante mi. Un arco por recorrer, generador de cambio y crecimiento.

Foto: Iana Dmytrenko en Unsplash

 

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